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Y el Séptimo Día, Descansó
Diego Pinilla Amaya
Bogotá, Colombia
2007
A veces creo que vivimos 144 horas de la semana a toda velocidad tan solo para disfrutar las 24 horas del Domingo lo más lentamente posible. Es el día cuando logramos darle paso a nuestros caprichos, incluso a aquellos que venimos reprimiendo desde nuestra infancia –jugamos, reímos, dormimos, comemos golosinas o, simplemente, no hacemos nada–.
Hay tantas cosas posibles por hacer en una ciudad como Bogotá, que todas son válidas cuando de conjurar el estrés se trata. Son nuestra imaginación o nuestro bolsillo los que marcan el derrotero a seguir desde las primeras horas de la mañana, cuando es casi imposible despegar de nuestros cuerpos las cálidas cobijas, pensando si el único plan posible es quedarse allí o salir a la calle a gastar el dinero que durante toda la semana juramos ahorrar para proyectos futuros.
De cualquier forma, en el Séptimo Día las caras de los bogotanos parecen iluminarse por una felicidad auténtica, que en el resto de los días suelen olvidar por estar buscando una felicidad aparente. Por eso hago este homenaje al día Domingo, ese día que hasta al mismísimo Dios se le ocurrió crear tan solo para sentarse a descansar.
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