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Jiw: La Gente Guayabero
David Gómez
San José del Guaviare
Colombia
[2006]
“Al blanco lo tienen como blanco, al indígena lo tratan como menos por ser indígena… nos miran como mirar a un perro”
(Luis Ernesto Gaitán, indígena guayabero)
“Y… ¿Es verdad que los indígenas son caníbales?”
(David, estudiante de 7º en San José)
En el año 2006 tuve la oportunidad de realizar mi trabajo de grado de Antropología con la comunidad indígena Guayabero en el departamento del Guaviare, al oriente del país; en los resguardos indígenas de Barrancón y La María, muy cercanos a la pequeña ciudad de San José del Guaviare. Mi trabajo consistía en realizar junto con la comunidad un “inventario del patrimonio cultural inmaterial”, es decir, una especie de etnografía cerrada que diera cuenta de ciertos aspectos de su cultura, como su gastronomía, sus construcciones, sus costumbres en relación con el medio en el que viven, entre otros.
Ese fue el proyecto, sin embargo, más allá de esos resultados puntuales, estas fotos pretenden ser el registro de una experiencia de conocimiento que se relaciona con un grupo social que ha sido vilipendiado durante mucho tiempo. Los Guayabero fueron, junto a otros grupos indígenas, los pobladores originarios de gran parte del territorio del oriente del país; pero poco a poco fueron exterminados y replegados hasta ver reducido su número y su territorio a los pocos espacios que los blancos colonizadores no querían ocupar. En el resguardo de Barrancón por ejemplo, se refugian ahora familias desplazadas (por la guerrilla y los paramilitares) de todo el eje del río Guaviare, viéndose obligadas a vivir en terribles condiciones de hacinamiento y sin tierras aptas para cazar o cultivar. Forzados a vivir juntos, los Guayaberos que hasta hace poco eran un grupo nómada tuvieron que sedentarizarse a la fuerza, a la sombra de la pequeña ciudad de San José y de una enorme base militar. Al observar su territorio reducido, la pesca del río terriblemente mermada y la fauna para caza casi desaparecida, sus visitas al pueblo se multiplicaron buscando comida o tan solo escapando de la presión del resguardo que cada vez se asemeja más a un campo de refugiados.
Pero en el pueblo la recepción no es muy amigable. Ladrones, sucios, mendigos, caníbales, borrachos, violentos, salvajes…. La lista de adjetivos peyorativos dirigidos a los Guayabero podría extenderse interminablemente. ¿De qué no han sido acusados los indígenas en la historia? Tras más de cinco siglos de contacto entre Europa y el “Nuevo Mundo” la ignorancia del otro, el desprecio, la inequidad y las humillaciones parecen seguir siendo los parámetros guías de una relación que nunca ha dejado de ser desigual.
Más de cinco siglos y esta esquina del mundo aún parece muy nueva. Los guayaberos luchan por mantenerse vivos como individuos y como cultura, convirtiéndose en completos extraños en medio de la tierra que alguna vez les perteneció y enfrentando no solo las difíciles condiciones de supervivencia que impone una de las zonas más álgidas del conflicto en un país en guerra, sino la ignorancia y el desprecio de la gente no indígena e incluso de otros grupos indígenas que ni siquiera se preocupan por tratar de entender su situación. ¿Cómo no van a pensar en el pueblo que los indígenas son caníbales si siempre han sido pintados como salvajes? Hace apenas 30 años guahibos y cuivas eran asesinados por deporte en medio de la total impunidad, la desfachatada excusa usada entonces ilustra también la realidad actual: “nadie nos dijo que matar indios era malo”.
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Nadie dijo nada entonces, y aunque hoy muchas voces se alzan para denunciar y sugerir soluciones, mas allá de la indignación momentánea de la mayoría, la realidad cotidiana tiende a anular los discursos de “buena voluntad” y a conducir a los grupos indígenas a esa oscura esquina de la indiferencia en donde su única compañía parece ser la tragedia. El Guaviare se encuentra en el corazón del conflicto, en el punto en el que se recibe la mayoría de la “ayuda” militar estadounidense, y desde donde se tiene acceso estratégico a las selvas del amazonas. Sus pobladores, antiguos y nuevos por igual, no pueden escapar a la realidad de la guerra que se hace tangible todos los días y en cada esquina del departamento.
Las imágenes que acompañan este texto son el recuento de mi experiencia con los Guayaberos, hay imágenes en blanco y negro y en color porque fueron hechas con el material que tuve disponible en cada momento, y no eran un fin en si mismo, sino parte del material de mi trabajo de grado. No sé realmente si puedan hilar una historia, pero más que mi historia me interesa que cuenten mi experiencia; la gente en el pueblo veía a los Guayaberos como seres inferiores cercanos a los perros, como sucios ladrones que sólo sabían emborracharse y mendigar. Yo, viviendo junto a ellos, encontré un pueblo muy orgulloso pero muy lastimado por la guerra, un pueblo que se encuentra acorralado pero que lucha por sobrevivir. Fui a pescar tortugas con ellos, los vi nadar a ciegas en el oscuro río Guaviare y cogerlas con las manos desnudas, los vi levantar casas usando solo ramas y juncos, preparar ají, hacer casabe (especie de pan de yuca brava), fariña y chivé, los vi tejer usando fibras y hojas de palmas; pero sobre todo los vi reírse todo el tiempo, hasta cuando agarraban una anaconda confundiéndola con una tortuga.
En últimas, el verdadero fin que tuvieron las fotos en las postrimerías de mi trabajo de grado fue servir como puente entre dos vecinos forzados a vivir juntos por el conflicto: los habitantes de San José y los indígenas del resguardo. Junto a Felipe Cabrera, quien también hacia en el Guaviare su trabajo de grado de Antropología, montamos una exposición ambulante imprimiendo algunas fotos en afiches que colgamos atravesados en los andenes de la rumba, en el parque, en la plazoleta de la gobernación, en los colegios y en todas partes en donde pudimos, buscando mostrarle a la gente del pueblo como era la vida en el resguardo, y tratando de que por lo menos se cuestionaran los prejuicios tan arraigados que tienen sobre los indígenas y su falta de reconocimiento de quién es el otro.
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