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Días de Parto
Graciela Ballesteros
[2006]
Texto Completo
Narraré la experiencia de mi primer embarazo, el momento del parto y las situaciones que siguieron al mismo.
Después de haber roto bolsa en mi casa tuve que salir de inmediato e ingresar por la madrugada de un día de invierno a un hospital público de la ciudad de Buenos Aires. Al llegar, acompañada de mi marido, debimos recorrer un largo pasillo y subir unas escaleras que nos conducirían al piso de maternidad. Ingresamos por guardia obstétrica, con todos los papeles y estudios solicitados. Mi marido se quedó esperando afuera.
Me atendió una médica de guardia que me revisó y confirmó la ruptura de la bolsa. En ese momento me embargó una sensación de incertidumbre y miedo, mi pregunta interior era ¿ahora qué sigue?, no había contracciones aún, y de inmediato, sin demasiadas explicaciones, me llevaron a una sala donde me aplicaron antibióticos y suero, me subieron a una silla de ruedas y me condujeron a la sala de maternidad que estaba a oscuras y en donde apenas se filtraba una tenue luz proveniente del patio, el ambiente no era lo que había imaginado.
La enfermera me informa que debía permanecer en cama sin levantarme, y que sólo existía un juego de sábanas por cama, por lo que debía cuidarlas. Al tiempo regresa y nota que se había olvidado de sacarme la banda elástica que colocan alrededor del brazo al poner suero, pero tampoco yo lo había notado, las horas pasaban… no dilataba y el miedo crecía con el transcurrir del tiempo. La noche se trasformó en día. Solamente permitían dos horas de visita.
Seguía sin alcanzar la dilatación, los medicamentos ya no calmaban los dolores y cada vez que Gustavo, mi marido, se iba, la angustia regresaba. Pasaron treinta horas de interminable trabajo de parto. Theo seguía sin nacer. Me pasaron de la sala de dilatación a la sala común. La guardia cambió y con ella el equipo médico, las doctoras que ingresaron lograron que Theo llegara a esta mundo, fue un parto complicado, yo estaba extenuada, asistida con oxígeno y sin fuerzas para pujar. Theo estaba mal ubicado, la episiotomía cada vez era más extensa y el dolor era inaguantable.
Aquellos que conciben al parto como un momento en que después de tres pujos el bebé nace y la mujer esta sonriente e impecable se equivocan. El dolor es intenso, nadie te enseña como parir, ni siquiera los cursos de pre-parto, pero apenas vi la cabeza de mi hijo asomar por el canal de parto, salieron las fuerzas no sé de donde y en ese momento pujé con toda mi alma, casi con el último aliento.
Cuando vi a Theo aparecer, fue un momento sublime, me olvidé de todo el sufrimiento.
Aliviada, pensé en ese momento que estaría dos días internada con mi hijo y nos iríamos a casa, pero en mi caso no fue así. Después de unas horas Theo tuvo la bilirrubina muy elevada, y tenían que realizar un procedimiento que consistía en colocarlo en una lámpara ultravioleta, aparato que traen al lado de tu cama y después de dos o tres días generalmente te dan de alta. Sin embargo, estuvimos los dos una semana, interminable, desesperante, en la que la angustia fue inmensa al ver que lo pinchaban a cada rato para sacarle sangre para hacer los análisis y que no mejoraba. Por este motivo lo pasaron a terapia intensiva neonatal. Nadie puede imaginar lo que significa que te separen de tu hijo, yo sólo podía tener contacto con él para darle pecho. No podía acariciarlo, ni besarlo, ya que lo dejaba en su cuna inmediatamente por orden médica, no podía estar mucho tiempo con él.
Ante mis exigencias de respuesta y explicaciones médicas, solo recibía evasivas. La estadía en el hospital fue una pesadilla, recibía visitas frecuentes de psicólogas asistentes que me trababan como si estuviera desequilibrada tan sólo por exigir respuestas. Los dolores posparto eran inaguantables: los pechos inflamados por la bajada de la leche, constipación, no poder sentarme del dolor; la luz de la habitación, que compartía con otra chica, se encendía cada vez que alguien prendía la luz del baño; chicas con infecciones venéreas que habían trasmitido a sus hijos, y que por lógica debían estar en un pabellón especial, compartían la misma sala con el resto de las mujeres internadas; la comida era incomible, las calorías no alcanzaban para llenarme, desayunos a base de mate cocido lavado, pan y mermelada, almuerzos exiguos; el calor en la habitación era inaguantable; las enfermeras de neonatología me trataban muy mal en medio de la angustia.
Pensé que seria bueno hacer catarsis de alguna manera, este ensayo fotográfico es la permanencia de una semana, la más difícil y angustiante de mi vida. Relata, sentimientos y vivencias oscuras y densas, que transcurren, en su mayoría, en la sala y en el baño. Hoy, viéndolo con otros ojos, me siento satisfecha de haber documentado este momento de mi vida.