Trabajos Humildes
Lalo Borja
América
Es casi imposible tratar de hilvanar un texto coherente sobre la presente serie fotográfica, la cual bien podría llevar por título el grandilocuente “Elegía a los Trabajos Ingratos”.
Pienso que sería facilista y contradictorio llamarle simplemente “Trabajadores”, a pesar de que es cierto que a todos los aquí presentes les une el lazo de la tarea de sobrevivir en un mundo cada vez más difícil.
Se trata de una amalgama de seres humanos conectados entre sí por medio del trabajo tedioso e incierto, en todos los casos, ingrato y mal remunerado, como puede ser evidenciado en las presentes fotografías.
He tenido la fortuna de visitar muchos países y debo a mi curiosidad como fotógrafo la recompensa de haber capturado en mis viajes imágenes que de otra forma hubieran quedado relegadas al olvido.
Porque es el olvido precisamente lo que hace a estos seres aquí presentes inolvidables.
O al menos quisiera pensarlo así.
¿Cómo podemos recordar a aquellos seres que apenas sí llegamos a registrar en la retina cuando nuestras vidas coinciden momentáneamente en algún sitio desconocido?
Son seres en apariencia sin ninguna importancia colectiva. Bien sea el hombre vendiendo el diario en cualquier parque, la mujer que nos vende el boleto de entrada a un cine; o los chiquillos que untados de betún hasta el cogote nos llaman la atención sobre nuestras botas empolvadas y nos ofrecen, a cambio de unas monedas, restituirles en algo el brillo perdido.
Estos seres anónimos, completamente desconocidos, entrevistos en alguna calle o plaza de algún país, me llamaron la atención porque de otra forma nunca más habría de recordarlos.
Ahora viven en la memoria del negativo y ven la luz de vez en cuando, reflejados en las pupilas de otros seres. De esta forma renace la mujer que bajo el ardiente sol del Caribe colombiano tiende la ropa que recién ha lavado a mano, mientras de su boca desdentada cuelga un cigarrillo.
Miles de kilómetros unen la actividad del colega en un parque de Baños, Ecuador,-que desde el lomo de su caballito de ficción trata de vender la foto de familia-, con el hombre que pacientemente espera la clientela -sentado al pie de su quiosco de periódicos en la esquina donde las calles King y Bay se intersectan en Toronto, Canadá, mientras quién sabe qué sueños rondan su cabeza en el silencio de las once de la mañana-.
La mirada perdida del hombre que carga a cuestas un pesado bulto en el mercado de Cuenca, Ecuador, se compagina con los ojos de la mujer que dentro de su cabina lee absorta una novela y con su gesto nos incita a imaginar lo que tal vez sucede dentro de la sala de cine en la que trabaja, donde quizá otros clientes se entretienen viendo historias, durmiendo a pierna suelta o besándose en la sombra, en el sopor del verano a las tres de la tarde.
Muchos años después en Madrid, dos obreros cargan a hombros una pesada viga de metal y pasan indiferentes frente a una pintada de apariencia moderna y en los Andes ecuatorianos un sastre termina a la sombra de las cuatro de la tarde otro traje a la medida.
Y así sucesivamente.
Todos reviven en la fotografía aunque este sea tan sólo un hecho innecesario; algo que sucede porque sí, porque un día nuestros pasos se cruzaron sin saberlo y no habremos de verlos nunca jamás.
Es allí, en este hecho insignificante pero de cierta forma cargado de historia y tiempo donde radica el encanto de la fotografía