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Los Ramírez
Mónica Amaya
Bogotá
[2006]
“Los Ramírez”, la fuerza que abre la puerta hacia sueños inimaginables, la idea recurrente que me visita todo el tiempo, mis amigos magos que convierten la basura en objetos invaluables.
Desde hace más de 3 años, la comunidad de recicladores de oficio del barrio El Ramírez, se ha convertido en mi signo de interrogación viviente; ¿Quiénes son?, ¿Cómo perciben el mundo?, ¿Cómo se relacionan?, ¿Qué los hace felices?, ¿Cómo contribuir para que tengan una mejor calidad de vida?, ¿Qué van a hacer, ahora, que el único trabajo que conocen, se convierte en una actividad ilegal?
El acercamiento fotográfico a la comunidad me permitió entrar en un silencio mental, que transformó mi mirada en un ente sensorial que percibe sin detenerse a pensar. Sin el afán de encontrar soluciones, líderes ó problemáticas; comencé a jugar con la cámara como quien ve por primera vez algo que le causa mucha curiosidad.
A pesar de haber ido durante mucho tiempo a hacer actividades al barrio, jamás había experimentado lo que se siente pasar más de dos horas dentro de sus casas; el espacio extremadamente reducido y con ausencia de luz; el particular olor que parecía desaparecer con los minutos; la sensación de frío y hambre; el descubrir que con la misma facilidad que los niños sonríen al recibir dulces ó abrazos, el dolor aflora en los adultos cuando al sentirte más cercano, comienzan a contarte las historias de una infancia sin juguetes, y sin tiempo para jugar, colorear ó soñar.
Les pedí poder acompañarlos a un recorrido de reciclaje; sábado 5:00 AM, carrera séptima con calle 2(frente a la Iglesia de las cruces en Bogotá). Llegó la zorra a recogerme (zorra, es el nombre que se le da a los carros movidos por caballos en Colombia), estaba muy emocionada, me parecía toda una aventura estar recorriendo la ciudad en una zorra; todo muy bien, hasta que comencé a ver con detenimiento quienes conformaban esa manta humana que iba en la parte de atrás: 5 niños entre los 8 y los 12 años, una mujer con un bebé de menos de un año, 2 muchachos de 17 años y los 2 adultos que iban adelante. Fue muy impactante vivenciar en un minuto como los Ramírez nacen, crecen, se desarrollan y mueren trabajando en sus carritos de balineras.
Después de un recorrido de 20 minutos, llegamos al lugar de trabajo; cada uno tomó una calle y se dispuso a buscar el sustento diario. Yo creía que la metodología consistía en abrir las bolsas y meter la mano para buscar; pero no, lo que se hace es realizar una primera búsqueda visual, un reconocimiento de formas de botellas, cajas, cartones o chatarra; una vez identificado un posible objetivo lucrativo, se tocan las bolsas por fuera, y como sí sus manos fueran una de esas máquinas que leen códigos de barras, los Ramírez determinan que contiene la bolsa y su peso aproximado, el último paso es abrir la bolsa y verificar que los objetos estén limpios y en buen estado, porque una de las reglas es no recoger objetos sucios, todo objeto reciclable que se mezcla con otros residuos queda fuera de la cadena de reciclaje, nadie compra eso.
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Desvié el foco de atención del procedimiento, y comencé a sentir la interacción con el entorno. Era imposible no notar la fuerte carga de desprecio, asco y repudio que llevaban las miradas y actitudes de la gente alrededor. Encontré un otro visualizado como parte de la basura, como algo “desechable”. Me pregunto cuál sería mi situación actual ó la de cualquiera, si en lugar de nacer en un hospital X, el destino nos hubiera colocado en un carrito de balineras.
Alas 10:00 AM llegaron los carros de recolección de basura y se acabó el trabajo; bastante cansados entramos a una cafetería y tuvimos lo que era la primer comida del día del resto del equipo, un tinto pequeño; no alcanzaba para nada más y mi objetivo era tratar de intervenir lo menos posible en lo que era un día típico de reciclaje.
Se reunió una gran cantidad material clasificado, se apiló y acomodó en la zorra; luego llegamos a la bodega a vender lo recogido; y en una báscula que poca cara tenía de ser confiable, pesaron todo el material, anotaron en un papelito la cantidad de kilos por material y lo que nos iban a pagar. Vaya sorpresa cuando al final de la cuenta, el total fue de $12,300. Pesos Colombianos (menos de 7 dólares) para pagar el trabajo de 5 horas de 10 personas.
Adicional a este material encontrarán unas fotos que tomé en Halloween, donde se evidencia la alta capacidad creativa, el excelente manejo de los materiales y la facilidad para divertirse que tienen los niños.
Aquí se acaba la primera parte del documental fotográfico, y se da un paso más en el proceso con la comunidad. El cual hemos llamado “construyendo la comunidad del Ramírez, a partir de la transformación del material reciclado”, un vínculo de compañía y apoyo que estamos construyendo con la comunidad, para que su trabajo y sueños se transformen en un proyecto productivo y sostenible que permita mejorar su calidad de vida.
En Julio de este año, nuestro proyecto fue seleccionado por la UNESCO para presentarse en la India en diciembre y recibir un premio económico, estamos trabajando fuertemente para quedarnos con uno de los diez premios de mayor valor y poder de esta manera comenzar a montar una empresa con la comunidad. Queda abierta la invitación para los que quieran vincularse al equipo de trabajo.
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