Colectivo OctoActo
Como un tributo a la energía femenina que recorre el universo, recreo mi sentir y mi acercamiento a esa energía a través de la conexión de mí ser con la piel de la Madre tierra y con la vitalidad de aquellas mujeres con quienes me encontré en el camino que me propuse seguir durante la Travesía destinos ilimitados: América Latina.
Ellas, de distintas edades, creencias religiosas, oficios y profesiones, ideales, orígenes, tendencias políticas, etnias y nacionalidades de la región Andina latinoamericana -como usualmente se ha nominado en occidente- o del Tawaintisuyu como lo nombran nuestras culturas originarias (Sur de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia), son esencialmente y representan lo femenino. El encuentro con mujeres niñas, jóvenes, adultas y con mayor experiencia me permitió acercarme y reconocerme en mi propio ser, e identificar esos fragmentos culturales que vibran en mi y me inspiran a continuar sobre un camino incierto, rodeado de rostros, cuerpos, piedras, trochas, lagos, planicies, cuestas, amores, odios, goces, cansancios y juegos indescifrables. Cada paso me dejó muchas preguntas, incertidumbres, confianzas-desconfianzas y reflexiones que me hacen dudar más de todo lo que sé pero a la vez creer más en todo lo que siento… En los breves instantes y en los cálidos momentos en los que pude compartir y estar cerca de ellas varias cosas sucedieron en mí.
La sensación de compartir con las mujeres-niñas, era sentir una energía suave que me recorría, los sueños y las ilusiones se reactivaban y aparecía una confianza, no racional pero si muy sentida sobre el recorrido emprendido. Todas esas capas que cargamos, culturales y sociales, desaparecían por un momento y me hacía liviana, en mi rostro sólo se dibujaba una sonrisa y mi cuerpo se distensionaba, había una conexión con lo más sencillo y tranquilo de mi ser. Por instantes, sólo por instantes, todos los prejuicios que podía tener perdían su peso y sólo quedaba una sensación de Común Unión con lo otro y los otros.
En ese caminar aparecieron mujeres-jóvenes, podía volver a la conexión entre la vida interior y el mundo exterior, reviví el momento en el que todo el tiempo uno se está preparando para asumir la vida, decidir los caminos que se quieren recorrer, los espacios que se quieren ocupar. Vi mujeres muy jóvenes liderando procesos en sus barrios, luchas por el reconocimiento social y en contra de la discriminación sexual, racial, entre otras.
El compartir con las mujeres-adultas fue otra sensación, conocer sus reflexiones, experiencias y el valor de la intuición reafirman mi búsqueda. Ellas lideran micro y macroproyectos políticos, sociales, educativos y tienen claro que no quieren que sus hijos e hijas sean marcados y marginados por gobiernos autoritarios, corruptos, excluyentes, así que saben que tienen que pensarse y actuar en colectivo y con una perspectiva de comunidad.
Y por supuesto, las mujeres mayores, con la experiencia de la lucha y el sufrimiento para Ser y tener un lugar en sus comunidades, en los espacios que comparten con otros. De ellas, su sentido de preservación de la vida, sus saberes, son las “siemprevivas”, son la memoria viva, las huellas de sus vivencias están en sus rostros así como el amor y la pasión por la vida.
Siento un agradecimiento infinito con mis compañeras de viaje, con las mujeres que aparecen en las fotografías y con todas aquellas que se encuentran en el “itinerario” de mi recorrido, ellas me permitieron armar un relato visual de un viaje de contrastes, rupturas y cambios, en el que palpé la fragilidad, la fortaleza, el amor, la dedicación, la generosidad y la complejidad de todas y cada una de las mujeres que hicieron parte de mi caminar, así su imagen no esté presente en este fragmento.